Escribir sobre el arte de Jorge Macchi me resulta incómodo —siento siempre que hay algo que no veo, algo que no llego a entender del todo en sus obras— y cada vez que me arrojo a la tarea de poner en palabras sus imágenes, alcanzo la misma conclusión: qué importante es el arte del que, justamente, no puedo extraer conclusiones.
Test reúne obras recientes en las que Macchi registra la repetición, la simetría, el reflejo y la imaginación urbana—sus perpetuas obsesiones. En esta exposición, tiempo y espacio se descomponen. Aunque Macchi parece querer aferrarse al orden, al construir estructuras que se corresponden entre sí, sus obras apuntan inevitablemente a un mundo en donde todo lo sólido se desvanece, una vez más, en el aire.
I.
Del díptico Test 17 de julio de 2026 obtiene su título la exhibición. Macchi lo compuso combinando dos pinturas plegadas. Siguió el sistema utilizado para crear las láminas que forman los tests de Rorschach y dobló dos papeles pintados, con el óleo aun fresco, buscando obtener sendos dibujos abstractos. Pero la operación resultó en dos letras, la “Y” y la “O”, que juntas forman la palabra YO.
Casi que estoy describiendo un ejercicio de jardín de infantes, ¿pero por qué Macchi decía “yo”? En esta obra, en sentido estricto, lo que constituye al “yo” es una huella. Ahora bien, en sentido figurado, el yo está repleto de huellas neurológicas, de los recuerdos de la existencia pasada. Macchi parece incursionar en el reservorio de la memoria para volver a pintar, a crear. “Yo” es un término muy cargado. Está claro. Remite tanto a la autoficción en el cine y las novelas, como al ego y el psicoanálisis. Macchi ofrece un “yo” que no se afirma sobre suelo estable. Es un yo doblado, creado con un pliegue, como si se volviera al pasado. Un retorno, un retour que cuestiona la noción de la vida como progresión lineal.
II.
Hace 25 años Macchi publicó Buenos Aires Tour, una de sus obras paradigmáticas. Este año, hace solo unas semanas, expuso su Retour, un regreso al mapeo urbano y, a su vez, una reafirmación de las continuas posibilidades estéticas de la ciudad: el trazado urbano y su gente abierto hacia las transformaciones subjetivas, entregado a la energía y el deseo de los artistas.
La obra 4 destinos perfectos, exhibida en Test, supone esa misma lógica. Macchi buscó las calles de Buenos Aires cuyos nombres son palíndromos e identificó además, sobre esas calles, las casas con números capicúas. Obtuvo ¾según el atinado título¾ cuatro destinos perfectos.
Leo “neuquen” y la recorro a la inversa. 767 es igual en sentido contrario. Como dos espejos enfrentados, cada número y cada calle es igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Esta repetición de dobles, de gemelos o semejantes, va corroyendo la realidad. Ahora las calles son endebles. La puesta en abismo me hace no saber bien si están, si puedo hallar esas calles en mi ciudad.
Es obvio que 4 destinos perfectos es un ejercicio de simetría. En cada una de las cuatro fotografías, hay una conversación entre los dos lados de la imagen, un diálogo que se da también en otras obras en esta exposición: el fuelle de un acordeón le responde al ángulo de una pared, o una lámina del test de Rorschach, en una esquina, charla con los muros de la sala (y cuestiona así su inmovilidad). Estos diálogos abren varias lecturas sobre el espejo, la repetición, el azar, el control y el accidente, la transformación. Palabras todas que componen una suerte de manual de usuario para el arte de Macchi.
III.
Macchi creó para esta exposición una nueva suite de acuarelas. Cautivado por el magnetismo de Buenos Aires, tomó instantáneas y fue recortando la ciudad. Sus acuarelas muestran las continuidades y saltos que aparecen por el vidrio trasero del auto, o siguen las tramas que dibujan las vetas de los mármoles colocados en las puertas de entrada de los edificios. Aguafuertes porteñas. En este caso, estrictamente, acuarelas porteñas.
Las superficies reflectantes son una constante. Macchi repara en la correspondencia exacta que existe en la disposición de los botones de los porteros eléctricos, siempre regular, con cada pulsador de bronce brillante ubicado en impecable relación con el siguiente. Pero Macchi se divierte también jugando con alteraciones que rompen con la ilusión de las correspondencias precisas. Una enorme pintura cubre la pared medianera de un edificio. Es una publicidad de Coca-cola, plana, tersa y grande. Un vecino furtivo abrió una ventana en la medianera. Rompió el artilugio. Esta acuarela de Macchi revela el artificio publicitario.
Macchi muestra además en estas acuarelas escenarios cotidianos, aunque siempre con alguna omisión, un twist rápido, que suscita que la atención se detenga en sus imágenes. Encienden la extrañeza por ejemplo los restos que produce el sacapuntas, después de afinar el lápiz, extendidos como las alas de un pájaro.
IV.
En una postal se ve una fotografía de una esquina de Buenos Aires. Impresiona. El formato horizontal permitió retratar la ochava, la convergencia de las calles y el tráfico. El lado derecho de la fotografía equivale casi perfectamente al izquierdo. De un lado, en la calle, espera el bondi 42 y, del otro, espera el 24. Los colectivos línea 42 y 24, en capicúa, ocupan posiciones especulares en los extremos del encuadre, ambos actúan como paréntesis visuales que enmarcan el eje central: el edificio que está en la esquina, cuya fachada tiene dos caras espejadas, con ventanas y balcones que se repiten en ritmo casi idéntico a los lados del vértice.
¿Es esta obra un trompe-l’œil? ¿Cómo puede ser que una esquina porteña cualunque (con su caos diario de colectivos, autos, cables) se lea con un orden clásico, perfecto en su rigor formal? ¿Macchi dobló esta fotografía (como antes plegó su test) y transfirió un extremo de la esquina al otro?
¿Qué hizo Macchi, esperó mil horas en la esquina, intentando captar el momento justo, ese microsegundo, en el cual los colectivos dibujan una simetría que no es, cuando los colectivos evocan un orden que no existe? ¿Él estuvo ahí, medio desamparado, expuesto al frío o al calor esperando, a la zaga de ese instante fugaz? Cuando le hice estas preguntas, aparte de reírse, me comentó que había escrito sobre la esquina en su libro La Virgen Extraviada. Anticipando la postal y la foto, Macchi decía allí: “Quizás haya algo en esa espera y en esa foto que me sorprenda, quizás los colectivos choquen, quizás me roben la cámara, justo cuando estoy por sacar la foto, o peor aún, después de sacarla. Quizás pase algo que desactive mis inútiles y persistentes intentos por controlar todo lo que obviamente escapa a mi control”. Mis fantasías sobre lo que hacen los artistas. Su manía control freak.
V.
Macchi vuelve a sumergirme en un estado de suspensión. Sus obras insinúan aspectos reconocibles de la realidad, pero sus sentidos se escurren. Macchi me deja ubicada en un umbral tirante, parada entre la ilusión y el significado.
Pienso en las obras de arte extrañas, más bien atípicas, en esas que no se dejan encasillar, y en cómo me pueden transformar. A mí, al menos, el arte con múltiples significados me invita a mirar de cerca, me llama a implicarme pensando cómo explicar esas obras que deliberadamente se escapan de toda narrativa simple. Los trabajos de Macchi, límpidos en sus formas, bellos en su resolución material, son también tenaces en su resistencia a la categorización. No permiten captar su sentido de una. Aumentan así la tensión entre el deseo de estabilidad y el caos. Y entonces hago tests, busco integrar recuerdos y pruebo la imaginación. Ensayo.
FLORENCIA MALBRÁN