Ulises Mazzucca siempre insiste. Insiste en la grafía que no es línea sino incisión, hendidura sobre la superficie que vandaliza el plano y multiplica los escenarios. Escenas de miedo, pesadilla, fantasía, mil cuentos, algunos vicios, magia en el cuarto, oscuridades de ático, desgarro, soledad y compañía. Mazzucca insiste en su propio cuerpo, pero es él y no es él. Si yo tuviera que buscar un giro para expresarlo con precisión, diría que son los pibes. Aunque también podría decir que son las pibas. O quienes resisten los géneros o los intercambian. Y cerraría la frase con un verso del poeta marica Miguel Ángel Lens: movidos por la “dulce prisa de gozar”. La grafía de Mazzucca no se detiene, siempre busca nuevas superficies que profanar, no sabe hacerlo de otro modo. Por eso esta muestra vuelve sobre lo que en realidad recorre todo su trabajo. La insistencia del trazo, que puede ser escritura o dibujo, se mueve acompasando la respiración, late, hace silencio y vuelve a lanzarse. En el centro están los cuerpos, que también es su cuerpo. Y todos los accidentes que se producen en contacto con el mundo. Gran parte de estos accidentes son las peripecias del amor y del sexo. Que son celebración, pero también herida. Parece contradictorio que teniendo tantas cosas de las que ocuparse también piense en esto. Aquí vuelve a coincidir con Lens: “recupero la fiesta de tus ojos y regreso hacia mí mismo más triste que nunca”. En este último momento de su obra la conmoción de ese cuerpo, de esos cuerpos, avanza retorciendo la madera aún más, encontrando más huecos, desgarrando el pastel, esfumando la veta del árbol con suaves transparencias, horadando intestinos de colores iridiscentes, multiplicando las superficies en las que volver a rasgar. Esa escritura plebeya, que nació en la puerta de un baño, fue construyendo un universo que ahora se pliega sobre la propia piel. Y lo hace sin escatimar contrastes, riqueza, brillo. Un lujo que, paradójicamente, parte de la crudeza. Ahora en la sala podemos ver a todas estas figuras retorciéndose, paradas de manos, saltando, corriendo, arrodillándose, en cuclillas, gritando, jugando. Fue necesario contorsionar el plano pictórico para hacer lugar a sus conmociones, su peso y su levedad. Se deslizan hasta codearse con el estatuto escultórico. Me gustaría que se detengan frente al espectáculo de las líneas que dibujan en el aire sus contornos. Que observen como esa grafía volvió a apoderarse del espacio en una mayor escala. Luego, vuelvan a acercarse a ellas y mírenlas de cerca. Aproxí mense a su piel. Piel que es memoria del goce y de las faltas. Hace poco Mazzucca tituló una obra: El suplicio de lxs que perdimos todo. Allí evocó algo de su historia. Es la falta en tanto carencia y necesidad, no sólo material, sino de amparo, de apoyo, de hacer falta, la tristeza sociológica de los pibes. Falta que también es incumplimiento, decepcionar la expectativa que, sutilmente, se había señalado como el único camino posible. Por eso la falta puede ser desobediencia y desacuerdo. O una pequeña jugarreta, emboscada del débil para disfrutar donde no se lo permiten, una simple falta en el colegio. Ulises es Ulises, pero no es sólo él. Es la muestra de esa belleza caleidoscópica, de esa capacidad infinita de contar, de ese dolor y picardía de todos esos pibes y pibas que nos hacen falta. Es la belleza que aparece allí donde no se la esperaba, donde se hizo todo por extinguirla, por lacerarla. Y sin embargo, a pesar de todo, está ahí. La mueve esa falta que tantas veces marcó las entrañas, pero también la impulsa un deseo que desafía el peso del mundo.
Federica Baeza