Eduardo Basualdo

Presenta Cruz del Sur, obra ganadora de la segunda edición del Premio Pinamar #2254. Pinamar. Argentina.

noviembre 4 — 2026

Cruz del Sur, 2026

Una masa oscura permanece suspendida sobre el camino. Semejante a una roca desprendida, se sostiene a seis metros de altura sobre una estructura cuya delgadez vuelve incierta la relación entre peso y apoyo. Abajo, un muro con un solo umbral en el centro delimita un pasaje. Para atravesar Cruz del Sur, Eduardo Basualdo nos obliga a avanzar por debajo de aquello que parece a punto de caer. Aunque la ingeniería garantiza su estabilidad, percibimos la inminencia de un derrumbe.

Esa contradicción entre saber y experiencia define una zona persistente en la práctica de Basualdo. Sus esculturas e instalaciones no representan la catástrofe, sino que introducen una alteración mínima pero decisiva en el orden de las cosas. Una puerta deja de separar dos espacios; una reja sostiene y obstruye; un muro pierde su alineación; un volumen pesado abandona el suelo.

Es allí donde emerge lo ominoso, no como aparición de una amenaza desconocida, sino como pérdida de familiaridad dentro de lo conocido. Esta experiencia trastorna las distinciones que organizan la realidad: lo íntimo y lo ajeno, el interior y el exterior, el sujeto y el objeto dejan de comportarse como términos separados. Lo que debía permanecer oculto sale a la luz; aquello que parecía próximo adquiere una extrañeza perturbadora. Ese extrañamiento no llega desde afuera. Por lo contrario, se descubre alojado en las estructuras que sostenían nuestra confianza.

Cruz del Sur vuelve sensible esa inversión. La piedra, asociada a la gravedad, la permanencia y el suelo, aparece elevada sobre nuestras cabezas. El muro, perforado en el centro por un estrecho vano, evoca uno de los principios más arcaicos de la arquitectura: el sistema adintelado, capaz de reunir técnica y símbolo, delimitar un espacio, y convertirlo en umbral y refugio. Su forma remite así al tránsito por el cual la humanidad dejó de limitarse a habitar la naturaleza y comenzó a transformarla deliberadamente. En esta instalación, el muro no protege del peligro: encauza el recorrido hacia él. Bajo el dintel, el único reparo posible ante la inminente desestabilización de la masa latente, dejamos de ver la obra para ver el paisaje. Arriba y abajo, refugio e intemperie, estabilidad y caída no se invierten por completo, pero dejan de ser confiables. Basualdo no destruye el orden: lo mantiene en tensión para revelar su fragilidad.

El título también participa de esta perturbación. La Cruz del Sur fue durante siglos una referencia para orientar desplazamientos en el hemisferio austral. En una ciudad balnearia frente al océano, evoca navegaciones y búsquedas de rumbo. Sin embargo, la obra ya no señala una dirección segura. Instalada en un cruce de caminos, reemplaza la constelación luminosa por una silueta opaca que interrumpe el cielo. Lo que debería orientar produce desorientación y señala el punto en que las coordenadas conocidas entran en crisis.

Esta experiencia encuentra una resonancia en el presente. Frente a la crisis climática, las guerras y el debilitamiento institucional, algunas élites tecnológicas construyen refugios que les permitirían aislarse del exterior, capaces de generar energía y almacenar alimentos. La paradoja de esos búnkeres concentra un rasgo abyecto: la tecnología que prometía conectar al mundo y asegurar abundancia se convierte en instrumento de separación; la casa, forma del amparo, se transforma en fortaleza; el progreso ya no se imagina como construcción colectiva, sino como posibilidad de que unos pocos sobrevivan a sus consecuencias. Cuanto más autosuficientes pretenden ser esos enclaves, más claramente exponen la fragilidad del orden del que buscan apartarse y las dependencias que ninguna muralla elimina. El amparo se vuelve una amenaza.

Basualdo no representa ese mundo ni convierte la obra en ilustración de un diagnóstico social. Su operación es más elemental: altera las relaciones entre materia, cuerpo y arquitectura hasta volver perceptible la precariedad de todo sostén. A diferencia del búnker, que oculta el peligro tras sus muros, Cruz del Sur lo eleva en el espacio abierto. No ofrece un interior protegido ni divide entre quienes se salvan y quienes quedan afuera. Dispone un pasaje común bajo una masa suspendida.

Hay en ello una dimensión política que no procede de una consigna, sino de la experiencia compartida. Emplazada en el espacio público, la obra interrumpe desplazamientos cotidianos y transforma el cruce urbano en una escena donde cada transeúnte mide su relación con el peso, la escala y el peligro. Pasar exige atravesar la incertidumbre.

Quizás Cruz del Sur no señale tanto un rumbo como una condición de nuestro tiempo. Vivimos dentro de estructuras que permanecen en pie, aunque ya no disipan la sensación de derrumbe. Basualdo hace visible ese instante suspendido: cuando lo familiar pierde su evidencia y comprendemos que aquello que nos sostiene podría caer.

Eduardo Basualdo