Recibo casi todos los días en mi celular una imagen, texto, audio o video de Guillermo Iuso. No es una consulta, ni el desarrollo de una idea o problema en su obra, Iuso me manda “avances”, algunas cuestiones a discutir siempre bajo el signo de la discreción.
Con Iuso ser curador es otra cosa. No tengo por qué pensar alguna hipótesis o distanciarme de su trabajo para formular una idea ingeniosa, nueva o particular. Sino estar ahí pululando en una distancia corta, que es la que necesita su trabajo. Está comprobado que lo de Iuso es el afán por la teoría breve, y necesaria. Lo que afirma siempre tiene ganas, si ya no lo es, de ser pregunta.
¿Cómo sincroniza en esta serie de obras texto y materia? Ahí se mueve entre el minucioso control que puede tener sobre las palabras y el apoderado descontrol que le da la materia, con la que sin embargo trabaja ya hace décadas. Las proporciones de las telas, el encuentro entre un color y otro, los brillos y la extensión del texto.
Es de los pocos en su generación, que con repetición llega a una variación. Su obra busca, necesita y encuentra continuidad sin hacer relato, sin narrar. Ese es su milagro. Depende de la ilusión de ser artista, y a diferencia de sus obras del pasado donde el proyecto era “proyecto de vida”, acá encuentra momentos iluminados que aunque pueden venir de lejos, parecen nuevos.
Esta muestra, como ninguna otra de su trayectoria, lo encuentra en el momento donde la forma de ser se adapta a la obra. Ya no me cabe ninguna duda que su obra representa mejor que nada y que nadie, cómo es para algunos vivir en esta ciudad y armarla dentro de uno.
Santiago Villanueva