MARIANA TELLERIA

Servicios Secretos

24/10 al 15/01

Hay un tipo de inteligencia vinculada a los supervivientes, a los antiguos navegantes y a los intérpretes. Es una inteligencia que no se demuestra mediante el discurso público o la autoafirmación política, de rasgos más exhibicionistas, sino que tiene que ver con adoptar la forma ambiental para engatusar al depredador/observador (que a menudo son la misma cosa). Tener inteligencia, en estos casos, consiste precisamente en la facultad de no revelar que se la tiene.

Los objetos-espía que produjo la imaginación mediática de la Guerra Fría operan según la misma matriz troyana: su estructura está dividida en dos, pero una mitad se encuentra desaparecida, o en silencio. Morfológicamente proyectan la intencionalidad de un objeto inocente 𝓧 —un termo para el mate, una caja de medallas traída de Copenhague—, pero mecánicamente están constituidos para ejecutar las operaciones de un objeto hostil 𝓨 —un explosivo, una válvula que libera gas neurotóxico—. El objeto-espía necesita disfrazarse, que su víctima le atribuya la capacidad de satisfacer una función falsa para que su función verdadera se vuelva posible. Lo que vemos como una entidad discreta y cerrada es, en realidad, no lo contrario a lo que su forma sugiere sino algo completamente distinto.

Mariana Telleria trabaja con la inteligencia de los navegantes y los espías, una inteligencia de intérprete, omniterritorial, y la orienta a tratar de lograr que el secreto propio de las cosas no muera encerrado dentro de ellas. Dice que le interesa “cargar las cosas de contenido pero no de sentido”, como purgando a las formas de su primer sentido —ocioso, chatarresco— para dar finalmente con un centro, o con un fondo, que permanece lleno de algo, algo completamente distinto.

Para producir sus objetos lo que traduce son valores semánticos —tartán, jarrón, libro, diana, pincelada, arte, moda— y persigue, desde una multiplicidad que en apariencia puede resultar incompatible, una integrabilidad mutua. Por condición de diseño la mezcla que resulta es perturbativa, pero se da siempre bajo la lingua franca de la elegancia, aquella clave maestra que Telleria domina como nadie y aplica con mitológica destreza para desencriptar las capas de protección semiótica que envuelven a las cosas. Este es uno de los idiomas que las cosas tienen para hablarse entre sí.

Tirándoles de la lengua, disfrazándose de pintora, de diseñadora de moda, de letal english longbowman con puntería perfecta, ganándose su confianza, desfigura el germen de la conciencia práctica de cada objeto. Es su mental mano de obra la que consigue que una cosa le revele sus secretos a la otra, y en esa ronda todas, tarde o temprano, terminarán por confesarle sus secretos a ella misma: el sueño de Telleria es volverse una más entre las cosas, perderse en los pasillos de la paciencia y el engaño como esos agentes secretos que pasan décadas transitando entre identidades hasta hacer que la corrosión se instale, de manera insalvable, sobre la frontera que separa forma y función.

Los supervivientes, los antiguos navegantes y los ilusionistas así manifiestan su tipo particular de inteligencia: disfrazándose, escondiéndose entre las cosas para asimilar la lógica enigmática bajo la cual se confieren gracias mutuas. Esa sabiduría estructural y paranoide, semejante al tipo de lucidez que porta el tradicional objeto surrealista, amplía la razón porque sistematiza la desconfianza sobre cómo se supone que las cosas deben ser en primer lugar. La incompatibilidad textual entre dos materiales no será nunca un obstáculo para esta inteligencia, ni alcanzará a convencerla de que entre dos cosas —por más contradictorias que sean— no puede haber comunicación posible: Telleria sabe que entre ellas, indescriptiblemente, las cosas siempre están hablando.