Miguel Rothschild

En la 18ª Bienal de Arte Contemporáneo de Lyon, Francia.

septiembre 19 — diciembre 13, 2026

Río de la Plata

En 1516, Juan Díaz de Solís llegó a estas aguas y las llamó Mar Dulce. Diez años más tarde, la expedición de Sebastián Caboto recibió de manos de los pueblos originarios de la región objetos labrados en plata —un metal que, por antiguas rutas de intercambio, provenía de las tierras altas de los Andes, muy lejos de allí—. Ese hallazgo concreto, tangible, encendió una promesa: que río arriba existía una fuente inagotable de esa riqueza. El río nombrado en nombre de esa promesa. Con el tiempo, el país que nació a sus orillas tomó el mismo nombre: Argentina, la tierra de plata.
Pero la plata nunca estuvo aquí. Estaba en Potosí, en otra geografía, ajena a este territorio. El nombre nació de una ausencia: de un deseo que señalaba hacia un lugar que no era este. Y el agua que lo lleva no es plateada. Es opaca, parda, cargada de sedimento —uno de los ríos más turbios del mundo—. Bajo la superficie de un nombre que promete brillo, hay barro. Lo nombrado y lo visible nunca coincidieron: Argentina se llama tierra de plata por una plata que jamás fue suya.

Esta obra parte de esa distancia inaugural, de ese desajuste entre el mito y la materia, para pensar un río que ha sido, desde su origen, un lugar de proyección: pantalla donde se superponen la codicia y el exterminio, lo sagrado y lo espectral, lo que hechiza y lo que aterra.

Un plano suspendido cae desde lo alto como una cortina de agua o de tiempo: hilos que descienden y se condensan hasta volverse materia, hasta formar una topografía ondulante  que oscila entre el marrón rojizo teñido por la sangre y el plateado y el gris plomizo del agua bajo un cielo cerrado. Esa superficie es, a la vez, la sierra de plata que soñaron los conquistadores y el lecho del río real: dos imágenes calzadas una sobre la otra, porque en el Río de la Plata el mito fundacional y la herida siempre ocuparon el mismo lugar. Inquietante, bella y trágica —dos caras de una misma moneda de plata.

Debajo de esa masa suspendida, una dispersión de pequeñas plomadas se desprende y cae, se aleja, se disuelve en la sombra que la pieza proyecta sobre el suelo. Esa sombra —vacía, oscura, idéntica en su forma a la escultura que cuelga sobre ella— es el otro río, el que no brilla: el que guarda lo que se hunde. Ahí caen, sin distinción de siglo, los cuerpos de los pueblos originarios exterminados durante la conquista y la colonia, y los cuerpos arrojados con vida desde el aire durante la última dictadura militar argentina, en los llamados vuelos de la muerte. El Río de la Plata fue, desde el principio, también el río de los muertos.

La instalación no ilustra esta historia: la deja resonar en dos capas superpuestas y nunca resueltas. Lo que cuelga y brilla, y lo que cae y se oscurece. La promesa nombrada y la ausencia que la sostiene. El deseo desenfrenado de una ciudad de plata y el horror concreto de quienes fueron sacrificados en su nombre. Como el propio río —espejo turbio que refleja apenas lo que oculta— esta pieza busca llevar una cierta luz hasta esas profundidades: sobre el agua y el barro donde conviven, indistinguibles, la magia de lo inasible y el irreparable horror de la violencia y el exterminio.